El efecto de la realidad en la comunicación periodística

Autores como Flaubert o Michelet, al describir ciertas situaciones o espacios, están anotando observaciones que el análisis estructural, ocupado en separar y sistematizar las grandes articulaciones del relato, por lo general, deja a un lado, bien porque elimina del inventario todos los detalles «superfluos» (en relación con la estructura), bien porque trata estos mismos detalles como «rellenos» (catálisis), provistos de un valor funcional indirecto, en la medida en que, al sumarse, constituyen algún indicio de carácter o de atmósfera, y, de esta manera, pueden ser finalmente recuperados por la estructura. 

Para que el análisis sea exhaustivo, debe toparse con anotaciones que no permiten justificar ninguna función: estas anotaciones parecen proceder de una especie de lujo de la narración, hasta el punto de dispensar detalles «inútiles» y elevar, en determinados puntos, el coste de la información narrativa. Incluso cuando no son numerosos parecen, inevitables, pues todo relato, al menos occidental de tipo común, contiene algunos. 

La anotación insignificante tiene relación con la descripción. La estructura general del relato aparece como predictiva, esquematizando hasta el extremo, y sin tener en cuenta los numerosos rodeos que el relato impone a este esquema. En cada articulación del sintagma narrativo, alguien dice al héroe: si actúas de tal manera, esto es lo que vas a conseguir.

Muy diferente es el caso de la descripción, pues al ser «analógica», su estructura es puramente aditiva y no contiene esa trayectoria de opciones. La descripción aparece como una especie de «carácter propio» de los lenguajes llamados superiores, porque no está justificada por ninguna finalidad de acción o de comunicación. La singularidad de la descripción en el tejido narrativo, designa una cuestión de máxima importancia para el análisis estructural de los relatos. 

La cultura occidental, en una de sus más importantes corrientes, la retórica, nunca ha dejado a la descripción al margen del sentido y hasta la ha provisto de una finalidad perfectamente reconocida por la institución literaria, la “belleza”. La descripción, durante mucho tiempo, ha tenido una función estética. La Antigüedad, añadió a los dos géneros expresamente funcionales del discurso, el judicial y el político, un tercer género, el epidíctico, dedicado a provocar la admiración del auditorio: elogio de un héroe o necrológica.

En la neorretórica alejandrina hubo una pasión por la ekfrasis, que tenía por objeto la descripción de lugares, tiempos, personas u obras de arte. En esta época, la descripción no estaba sometida a ningún realismo; poco importaba su verdad. 

Sin embargo, la finalidad estética de la descripción flaubertíana está completamente mezclada con imperativos «realistas. Las exigencias estéticas están penetradas de exigencias referenciales. Esta mezcla de exigencias, si no estuviera sometida a una opción estética o retórica, toda «vista» sería inagotable para el discurso. 

La «realidad» se convierte en la referencia esencial en el relato histórico, que da cuenta de lo que ha pasado realmente. La historia es el modelo de esos relatos que admiten el relleno de los detalles superfluos entre sus funciones.

Semióticamente, el «detalle concreto» está constituido por la colusión directa de un referente y un significante; el significado está expulsado del signo y, con él, la posibilidad de desarrollar una forma del significado, es decir, la misma estructura narrativa (la literatura realista es ciertamente narrativa, porque el realismo en ella es solamente parcelario, errático, está confinado en los «detalles», y el relato más realista que podamos imaginar se desarrolla de acuerdo con vías irrealistas). Esto es lo que se podría llamar la ilusión referencial.

La verdad de esta ilusión es que eliminado de la enunciación realista a título de significado de denotación, lo «real» retoma a título de significado de connotación; pues en el mismo momento en que esos detalles se supone que denotan directamente lo real, no hacen otra cosa que significarlo.

La misma carencia de significado en provecho del simple referente se convierte en el significante mismo del realismo: se produce un efecto de realidad, base de esa verosimilitud inconfesada que forma la estética de todas las obras más comunes de la modernidad. 

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