A mediados de los 90, el politólogo Manin desarrolló la idea de democracia de audiencias como la tercera gran transformación del gobierno representativo, tras la democracia de partidos. La democracia de audiencia se caracteriza, según Manin, por el protagonismo personal de los líderes políticos, con los que establecemos una relación a través de los medios de comunicación.

Es la forma en que se ha denominado a ese momento de la democracia presidido por la personalización de la política, con una ciudadanía que mira una pantalla-escenario donde los partidos políticos actúan como máquinas de propaganda para ganar elecciones, con la consabida dependencia de los medios de comunicación, auténticos mediadores de la relación entre representantes y representados.

Esto podría ser así en los años 90. Hoy, la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación ha modificado algunas de estas características, pero otras perviven. Dos destacan de forma especial: la dinámica progresiva de la autonomización de los líderes, que les lleva a perder la capacidad para leer e interpretar el estado de ánimo y de opinión de sus electores, y la dificultad de preguntarse qué hay detrás de los hechos o actuaciones de una persona cuando los focos se dirigen exclusivamente a su rostro.

Nueva élite de gobierno

Una democracia de audiencias es una forma emergente de representación democrática, todavía no consolidada. Este concepto ha tenido mucha popularidad porque, en cierto sentido, le da un peso importante a los medios de comunicación. Las organizaciones demoscópicas están orientadas a la medición de la opinión pública. La democracia de audiencias conlleva el ascenso de la fuerza de los medios y de las empresas de encuestas. Los medios intentan reproducir en sus temas las preocupaciones colectivas que extraen de las encuestas. Según Manin, la democracia de audiencias implica la emergencia de una nueva élite de gobierno: los especialistas en comunicación.

Estados Unidos

La metáfora de audiencia tiene mucha importancia para el autor, quien observó, sobre todo en EEUU, como el comportamiento del elector hace que deje de ser un votante. Deja de estar a favor de determinadas opciones políticas, deja de tener identificación y se comporta como un espectador. Con un elector como este, ya no se le puede apelar ideológicamente, hay que apelar a sentimientos y pasiones paralelos a la racionalidad. Se refiere al modelo de elector-consumidor. El elector no es audiencia pero se comporta como tal. En definitiva, en la democracia de audiencias las personas votan de modo distinto de una elección a otra, dependiendo de la persona particular que compita por su voto. Es decir, los votantes tienden a votar más al candidato que al partido al que pertenece.

Democracia directa y democracia representativa

Manin establece la diferencia entre democracia directa y representativa y, tras analizar ejemplos de democracias llega a la tesis de que democracia pura no ha existido jamás. Lo que hemos tenido y lo que tenemos son formas, más o menos institucionalizadas, de representación.

Las democracias contemporáneas son representativas, en las cuales los gobernantes toman las decisiones en nombre de los ciudadanos tras un proceso electoral. Sin embargo, en otros tiempos han existido democracias directas, donde los ciudadanos mismos han tomado las decisiones de gobierno sin necesidad de elegir representantes. La Grecia y la Roma clásicas son los ejemplos más conocidos de democracias directas. Sus instituciones políticas se organizaban alrededor de una asamblea, donde todos los ciudadanos podían participar y decidir de forma colectiva los asuntos de gobierno.

También ciudades-estado como Venecia y Florencia, entre los siglos XII y XIV, fueron democracias directas, así como un conjunto de pequeñas sociedades en Escandinavia o en los Alpes, también en la baja Edad Media. Además de la asamblea, compartían otras características comunes, como un volumen de población reducido, recursos económicos comunes o colectivos, una desigualdad reducida, un grupo numeroso de hombres libres (lo que hoy llamaríamos clases medias). Sin embargo, eran democracias exclusivas y excluyentes, sin participación de las mujeres, los esclavos o los extranjeros. Ni tampoco existía la pretensión de que pudieran incorporarse a la vida política. Todas estas sociedades fueron sustituidas o derrotadas por estados más fuertes y más capaces.

Las democracias contemporáneas no son igualitarias

La representación de la voluntad de los ciudadanos define a las democracias contemporáneas (democracias representativas), a la vez que incluye un elemento no igualitario. Las personas que ocupan los cargos de gobierno, toman las decisiones en nombre de los ciudadanos, porque ocupan estos cargos por elección, por el voto popular. Esta realidad es tan fuerte y está tan asentada que parece natural. Sin embargo, podría accederse a los cargos por otros métodos: sorteo (como ocurre en las mesas electorales), herencia (como en las monarquías), examen (como en puestos de trabajo en la administración), cooptación (como en los partidos políticos) o por rotación (como en las comunidades de propietarios). Cada método conlleva unas consecuencias particulares, que condicionan quién puede acceder y qué tipo de relación establece con los gobernados. Por ello, las elecciones suponen un elemento no igualitario, ya que sólo acceden al cargo unas pocas personas (las elegidas), las cuales no tendrán las mismas características personales y sociales que los representados. Es decir, ni los parlamentos ni los plenos municipales son una muestra fiel de la diversidad social.

Expresiones y protestas como “¡No nos representan!”, dirigida a los parlamentarios, manifiestan que existe una distancia entre la voluntad de los ciudadanos y de los políticos. Si queremos que los diputados, senadores o concejales sean indistinguibles socialmente de los ciudadanos, entonces no podrían celebrarse elecciones, sino sorteos. El azar se encargaría de que cualquier persona tuviera las mismas oportunidades de formar parte de las instituciones.

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